Vender lo que no es tuyo
Para fines de los ochenta, EG ya no era la oficina de dos managers: la dirigían Sam Alder y Mark Fenwick, y tenía en catálogo a King Crimson, Roxy Music, Emerson, Lake & Palmer y Brian Eno. Alder y Fenwick eran además inversores de Lloyd's of London, el mercado de seguros, y habían apostado al negocio inmobiliario. Entre 1988 y 1991 perdieron en las dos cosas, e hicieron que EG prestara cuatro millones de libras a sus empresas en caída. En 1992, EG fue vendida a su distribuidora, Virgin, con el catálogo adentro.
Robert Fripp abrió su disputa con EG en abril de 1991 por regalías impagas, y no la cerró hasta septiembre de 1997: seis años y medio. El acuerdo extrajudicial lo firmó en enero de 1997. Y ahí ocurre la escena que resume esta nota. La misma semana, con tiempo libre por primera vez en años, se puso a vaciar el sótano de su casa, lleno de cajas de papeles desde la mudanza de 1987. Lo cuenta él mismo en su diario del 1 de julio de 1999:
«Uno de los primeros papeles que saqué de una caja grande y húmeda fue el contrato original entre King Crimson y EG, ¡y probaba mi caso! Había estado demasiado ocupado peleando como para buscar los documentos que probaban que EG no era dueña de los derechos que había vendido.»
Léase de nuevo, porque es la frase central de esta historia: EG no era dueña de los derechos que había vendido. Una empresa vendió a otra un catálogo que, según el contrato firmado en 1969 y olvidado en un sótano, no le pertenecía. El músico peleó seis años sin ese papel. Nadie en la cadena, ni el que vendió ni el que compró, lo pidió.
Fripp sacó de ahí una conclusión práctica y fundó, con David Singleton, un sello para no volver a pasar por eso: Discipline Global Mobile (1992). Su regla, escrita en cada disco, invierte la costumbre de la industria: «el derecho fonográfico sobre estas grabaciones lo administra DGM en nombre de los artistas, en quienes reside, al contrario de la práctica habitual». El máster es del que tocó; el sello lo administra. Vamos a volver sobre esa frase.