Cuatro paredes y una guitarra
Entre abril y diciembre de 1976, Pink Floyd grabó Animals en Britannia Row, el estudio que acababan de armar ellos mismos en Islington, con Brian Humphries en la consola. El disco salió el 21 de enero de 1977.
Musicalmente, era el peor terreno posible para una guitarra. Rick Wright ocupaba el medio con capas de teclados sostenidas — sonidos que, a diferencia de un golpe, no dejan huecos. Roger Waters mantenía un piso de bajo constante. Y las canciones eran largas, sin la variedad de arreglo que en un tema de tres minutos permite que cada uno entre y salga.
En ese contexto, David Gilmour cambió el fuzz que venía usando por el Big Muff que definiría su sonido de acá en adelante — un pedal que, escuchado en soledad, suena más angosto y más áspero que lo que uno esperaría de «el tono de Gilmour». Esa es exactamente la cuestión. El tono que quedó grabado no fue elegido para sonar impresionante en la sala de ensayo: fue elegido para ocupar una franja que nadie más estaba usando y cortar por ahí, encima de una base que no pensaba hacerle lugar.
Un paréntesis necesario. Circula por internet una versión más glamorosa de esta historia, con un número exacto: que Gilmour habría atacado quirúrgicamente una frecuencia específica, y se cita una cifra puntual en kilohertz. No encontramos ninguna fuente — ni entrevista, ni hoja de sesión, ni testimonio de Humphries — que respalde ese dato. Y hay una razón para desconfiar de él más allá de la falta de pruebas: la frecuencia mágica no existe. El punto donde una guitarra encuentra su lugar depende del bajo que tiene al lado, del teclado, de la voz, de la afinación y hasta de la sala. Un número copiado de otra mezcla es, casi siempre, el camino más rápido a que suene peor.